La Vie en rose suena en su cajita de música. Amanece y Bosco despierta harto de vivir y apestando a whiskey un día más. Sólo faltan 18 días para que el mismo banco que le ayudó a conseguir su casa, se la quite, y todos sus planes se reducen a emborracharse, dormir y, tal vez, con un poco de suerte, conseguir que alguien lo mate mientras maldice su miserable vida. Pero esta mañana no será como las anteriores. Esta mañana alguien va a llamar a su puerta y un nombre resonará en su cabeza como un cañonazo: Isabela Minetti. Bosco tiene frío pero comienza a sudar. Sus manos tiemblan. Escucha su respiración y nota su corazón acelerado. Sus ojos se abren excitados, como si fueran a salir despedidos de sus órbitas. Un instante después, y sin saber cómo, ya es demasiado tarde para decidir. La puerta ya está abierta y ella frente a él, preciosa, lanzando esos versos al aire, esos malditos versos… Ahora da igual que sea lunes y que su vida no valga nada. Ahora tal vez ella le enseñe a bailar y nunca más vuelva a necesitar whiskey para dormir. Ahora, quizás Bosco quiera seguir vivo y ella no necesite que se haga de noche para ser feliz. Los dos tienen todo lo que desean en el interior de esa casa.

Empieza el juego y sólo una de las personas de esa habitación pondrá las reglas importantes, las decisivas: las últimas reglas.